La iniciativa Panic in frames apuesta por el terror y ¿qué mejor manera de hacerlo que con tres historias?. El pasado 27 de noviembre la Sala Artistic Metropol acogió el estreno, tras pasar por festivales como Sitges y previo a pasar por muchos más, de Hora de comer de Alberto Fernández Peláez, Asesinarte de Víctor Paniagua y Víctor Galiano y Pornovenganza de Ignacio López Vacas. Un auténtico descenso a la parte más oscura de unos seres humanos dispuestos a superar la última frontera
Tres historias que aunan hemoglobina, tabúes y cariño por el género. La de una receta con sorpresa, un artista que deja el episodio de la oreja de Van Gogh a la altura de un mal día de pelo y un sangriento vídeo con secreto.
Tres historias que intentan sorprender y lo consiguen.
Mucho más en los perfiles de Panic in frames en redes sociales...y próximamente en su festival de cortos más cercano. Seguiremos acechando...digo informando.
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sábado, 30 de noviembre de 2019
viernes, 29 de noviembre de 2019
LA GUERRA DE LOS STEWART
Nunca viví el boom de las ángeles originales, a pesar de las reposiciones. Pero entiendo el impacto que pudieron causar en su momento, de tal modo que han quedado como precedente de tantas heroínas de armas tomar en la pequeña y gran pantalla como Xena, la novia o Wonder woman por citar algunas. Esta nueva entrega, con nuevo equipo y bajo la batuta de una Elizabeth Banks que se reserva el papel de Bosley en la trama ( haciendo que habitual trío casi mude en cuarteto) tiene todos los ingredientes de sus antecesoras en cine y televisión. Asi nos encontramos protagonistas fuertes y atractivas (hasta le sacan buen partido a una Kristen Stewart que parece tener serios problemas con su peluquero), destinos internacionales, persecuciones mortales y un largo etcétera que ya nos resulta familiar del cine de agentes secretos, dobles agentes y villanos con tensión erótica incluidos (aunque en este caso pasando por el supervestidor, y no es metáfora). Pero tras un prólogo que intenta dejar su mensaje muy claro (tal vez excesivamente) y que tiene un punto divertido e incluso circense nos encontramos con una trama tópica y, aunque de ejecución correcta (se han gastado pasta y se nota), que va perdiendo ritmo a medida avanzada película, hasta llegar a un final menos catárquico de lo esperado.
Los ángeles de Charlie es un producto de manual. Una película que provoca en el espectador una continua sensación de déjà vu, y no precisamente por tratarse de parte de una franquicia. De esas con cliente en peligro que hay que llevar al punto A y que descubren en realidad tienen que ir al C no sin luchar en el B. Cinta con muchos ingredientes para convertirse en un blockbuster (y seguramente dará para secuela) se queda en la puerta, alcanzando cotas de vergüenza ajena en su concepción del sentido del humor (el show de las pelucas para colarse en los laboratorios de turno), con algún guiño ligeramente incomprensible (las fotos del personaje de Stewart con las anteriores ángeles...parecen obra del cuñado de alguno practicando para el curso de photoshop) y sin llegar al grado de espectacularidad que hemos encontrado en otros films de hornada similar. Es fantástico encontrar personajes femeninos llenos de recursos (y que pasan de sobra el test de Bechdel, por supuesto) en el cine, pero eso no basta para dar entidad a un guión que ni aporta nada al género ni consigue el grado de complicidad que tanto beneficia al cine de acción. Aunque hay que reconocer que estos ángeles si hacen honor a su primera escena: una mujer lo puede todo, hasta decepcionar como alguna otra película cargada de testosterona.
jueves, 28 de noviembre de 2019
APOCALÍPTICOS Y ELECTROCUTADOS
Nuestra historia comienza con una imagen épica: la silueta de un hombre en medio de lo que parece ser una tempestad de hielo. Una imagen épica que podría pertenecer a cualquier adaptación fiel a la novela de Frankenstein, pero nada más lejos. O nada más cerca. Nuestra historia incluye electricidad, muerte e incluso,p considerar, monstruos. Es, ni más ni menos, La guerra de las corrientes.
La figura de Thomas Alva Edison no vive buenos tiempos, al menos en cuanto a popularidad se refiere. La reivindicación de la figura de Tesla, un nombre que adquirido peso con su mencion en series como The big bang theory o su aparición como personaje en películas como El truco final (interpretado por nada menos que David Bowie). En esta película Tesla es prácticamente un Deus ex Machina en medio de una historia centrada en el conflicto entre Westinghouse, un nombre que tal vez nos suene menos a pesar de su peso histórico, y Edison, encarnado por un Benedict Cumberbatch que desde Sherlock se ha hecho a los personajes peculiares, por el monopolio de la explotación eléctrica.
Sin entrar en motivaciones de los personajes ni en los métodos empleados en esta guerra de patentes nos encontramos ante una trama estimulante, de esas que estimulan la curiosidad del espectador. Aunque en ocasiones el ritmo resulta irregular e incluso se pierde en metáforas excesivamente dilatadas en el tiempo (el episodio de la guerra civil) la historia no pierde en ningún momento del todo el interés de la historia. Aun siendo un nuevo montaje de su director de una versión estrenada en 2017 y que no contó con su aproximación hay partes que resultan atropelladas (la enfermedad que conduce a la muerte de uno de los personajes) y sus protagonistas poco definidos, dando la sensación de ser material más apto para una miniserie que para un film de apenas hora y media.
Pero también nos encontramos ante una película de magnífica dirección artística y hermosa fotografía, con un cuidado acabado que nos ayuda a transportarnos a otro tiempo, con soluciones visuales tan interesantes como la pantalla triplemente partida del desenlace onel mapa de bombillas de dos colores para mostrar el avance de ambos genios. La guerra de las corrientes es una película, valga el símil fácil, de luces y sombras, de dioses y monstruos. Una cinta que debería verse en colegios e institutos, pero que queda para el espectador medio como una entretenida aproximación a un episodio relativamente desconocido, pero relevante, para conocer el mundo de hoy.
La guerra de las corrientes llega a los cines el 10 de enero.
La figura de Thomas Alva Edison no vive buenos tiempos, al menos en cuanto a popularidad se refiere. La reivindicación de la figura de Tesla, un nombre que adquirido peso con su mencion en series como The big bang theory o su aparición como personaje en películas como El truco final (interpretado por nada menos que David Bowie). En esta película Tesla es prácticamente un Deus ex Machina en medio de una historia centrada en el conflicto entre Westinghouse, un nombre que tal vez nos suene menos a pesar de su peso histórico, y Edison, encarnado por un Benedict Cumberbatch que desde Sherlock se ha hecho a los personajes peculiares, por el monopolio de la explotación eléctrica.
Sin entrar en motivaciones de los personajes ni en los métodos empleados en esta guerra de patentes nos encontramos ante una trama estimulante, de esas que estimulan la curiosidad del espectador. Aunque en ocasiones el ritmo resulta irregular e incluso se pierde en metáforas excesivamente dilatadas en el tiempo (el episodio de la guerra civil) la historia no pierde en ningún momento del todo el interés de la historia. Aun siendo un nuevo montaje de su director de una versión estrenada en 2017 y que no contó con su aproximación hay partes que resultan atropelladas (la enfermedad que conduce a la muerte de uno de los personajes) y sus protagonistas poco definidos, dando la sensación de ser material más apto para una miniserie que para un film de apenas hora y media.
Pero también nos encontramos ante una película de magnífica dirección artística y hermosa fotografía, con un cuidado acabado que nos ayuda a transportarnos a otro tiempo, con soluciones visuales tan interesantes como la pantalla triplemente partida del desenlace onel mapa de bombillas de dos colores para mostrar el avance de ambos genios. La guerra de las corrientes es una película, valga el símil fácil, de luces y sombras, de dioses y monstruos. Una cinta que debería verse en colegios e institutos, pero que queda para el espectador medio como una entretenida aproximación a un episodio relativamente desconocido, pero relevante, para conocer el mundo de hoy.
La guerra de las corrientes llega a los cines el 10 de enero.
martes, 26 de noviembre de 2019
CITTÀ DE DIO
Corren buenos tiempos para la mafia. Perdón, para la cosa nostra. Al menos en materia de cine. Acaba de llegar a los cines El irlandés, la esperada cinta de Martín Scorsese, una buena muestra del cine de gangsters en torno a la figura de Jimmy Hoffa a la que la crítica, por supuesto, le sonríe. Pero la cuna de la mafia, cinematográfica o no, es Italia. Y de allí, también basada también en hechos reales, nos llega El traidor.
Dirigida por Marco Bellocchio, esta coproducción recorre tres países de tres continentes distintos durante dos décadas para contarnos la historia de Tommaso Buscetta, un miembro de la familia que tras ser detenido en Brasil fue extraditado a Italia y allí tomó la decisión de colaborar con la policía, llegando a ser un testigo clave en el macrojuicio contra los cabecillas de la mafia siciliana orquestado por el juez Falcone.
Historia dura sin paliativos la película nos regala parte de los tópicos del cine mafioso como las grandes fiestas (en este caso con motivo del día de Santa Rosalía) o la vida de lujo, pero no pierde veracidad ni crudeza al mostrar tanto los crímenes más terribles como los cuestrionables métodos de interrogatorio policiales (impresionante el realizado a bordo de dos helicópteros), destacando el atentado que acabaría con la vida del juez Falcone, mostrado como si estuviéramos a bordo del asiento trasero del vehículo en el que moriría el tristemente famoso magistrado. Un microcosmos terrible que sabe partir de lo concreto (la vida y detención de Buscetta) a lo plural (el juicio) para volver a la parte que suele quedar en el tintero, la vida fuera de la familia mafiosa pero, para desgracia de nuestro "héroe", nunca lejos de ella.
El traidor es una película de esas que consigue enganchar al espectador desde el primer momento hasta una conclusión casi dos horas y media después que no se hace larga. Cine rodado con inteligencia nos encontramos ante un impecable ejercicio de estilo, con un inteligente uso del montaje y de una banda sonora que no se limita a ser un mero acompañamiento (el coro de Nabucco durante la sentencia o esa canzona que despierta los demonios del pasado durante lo que prometía ser una agradable velada familiar). Un gran envoltorio para unos personajes fuertes brillantemente interpretados desde un protagonista que descubrirá de la manera más dura posible la importancia de la familia a unos secundarios inolvidables como ese mafioso que solo sabe expresarse en siciliano profundo o esa dolorida viuda que promete el perdón...solamente si los culpables se suicidan primero.
Películas como esta El traidor demuestran que el cine centrado en la mafia italiana todavía tiene mucho que decir, hermana en espíritu a otros retratos de controvertidos personajes reales como la muy recomendable Il divo o Loro, ambas de Paolo Sorrentino. Puede que las familia italoamericana del tronco de Sopranos y Corleone nos hayan conquistado, y que los cárteles latinoamericanos hayan creado tendencia en la pequeña pantalla pero El traidor, una película que consigue tanto hacernos sonreir como inquietarnos profundamente, ha llegado dispuesto a dar la palmada sobre la mesa, y lo consigue.
El traidor llega a las pantallas españolas el 6 de diciembre.
Dirigida por Marco Bellocchio, esta coproducción recorre tres países de tres continentes distintos durante dos décadas para contarnos la historia de Tommaso Buscetta, un miembro de la familia que tras ser detenido en Brasil fue extraditado a Italia y allí tomó la decisión de colaborar con la policía, llegando a ser un testigo clave en el macrojuicio contra los cabecillas de la mafia siciliana orquestado por el juez Falcone.
Historia dura sin paliativos la película nos regala parte de los tópicos del cine mafioso como las grandes fiestas (en este caso con motivo del día de Santa Rosalía) o la vida de lujo, pero no pierde veracidad ni crudeza al mostrar tanto los crímenes más terribles como los cuestrionables métodos de interrogatorio policiales (impresionante el realizado a bordo de dos helicópteros), destacando el atentado que acabaría con la vida del juez Falcone, mostrado como si estuviéramos a bordo del asiento trasero del vehículo en el que moriría el tristemente famoso magistrado. Un microcosmos terrible que sabe partir de lo concreto (la vida y detención de Buscetta) a lo plural (el juicio) para volver a la parte que suele quedar en el tintero, la vida fuera de la familia mafiosa pero, para desgracia de nuestro "héroe", nunca lejos de ella.
El traidor es una película de esas que consigue enganchar al espectador desde el primer momento hasta una conclusión casi dos horas y media después que no se hace larga. Cine rodado con inteligencia nos encontramos ante un impecable ejercicio de estilo, con un inteligente uso del montaje y de una banda sonora que no se limita a ser un mero acompañamiento (el coro de Nabucco durante la sentencia o esa canzona que despierta los demonios del pasado durante lo que prometía ser una agradable velada familiar). Un gran envoltorio para unos personajes fuertes brillantemente interpretados desde un protagonista que descubrirá de la manera más dura posible la importancia de la familia a unos secundarios inolvidables como ese mafioso que solo sabe expresarse en siciliano profundo o esa dolorida viuda que promete el perdón...solamente si los culpables se suicidan primero.
Películas como esta El traidor demuestran que el cine centrado en la mafia italiana todavía tiene mucho que decir, hermana en espíritu a otros retratos de controvertidos personajes reales como la muy recomendable Il divo o Loro, ambas de Paolo Sorrentino. Puede que las familia italoamericana del tronco de Sopranos y Corleone nos hayan conquistado, y que los cárteles latinoamericanos hayan creado tendencia en la pequeña pantalla pero El traidor, una película que consigue tanto hacernos sonreir como inquietarnos profundamente, ha llegado dispuesto a dar la palmada sobre la mesa, y lo consigue.
El traidor llega a las pantallas españolas el 6 de diciembre.
domingo, 24 de noviembre de 2019
FUNDIR LA FLOTA
Hablar de Roland Emmerich es hablar de cine coral con catástrofe al fondo. Cierto que desde ese pelotazo con mayúsculas que fue Independence day ha llovido mucho (más de 20 años, que se dice siempre) y que Emmerich ha salido en más de una ocasión del tópico de la acción desviándose sobre todo al campo del cine histórico con cintas como El patriota o Anonymous. Pero ha llegado el momento de que ambos mundos se unan y ¿que mejor campo de batalla que la II Guerra Mundial?. El resultado: Midway.
Todas las constantes que solemos identificar con el cine de Emmerich están aquí: un múltiple reparto, con nombres más conocidos como Woody Harrelson o Patrick Wilson y otros menos como Ed Skrein (aunque lo hemos podido ver en taquillazos como Deadpool), enfrentado a la amenaza nipona en el frente del Pacífico, con todos los aviones, acorazados y por supuesto explosiones que uno se pueda imaginar, añadiendo al cóctel de la batalla propiamente dicha el bombardeo de Pearl Harbor (pero no se asusten, poco o nada tienen que ver con la película homónima de Michael Bay).
Pero, en contra de lo que podríamos pensar al encontrarnos con esta cobinación de tema y director, el trabajo de Emmerich, un autor que sigue demostrando, nos gusten sus historias y no, su buen hacer combinando escenas de multitudes y elaborados efectos especiales, demuestra haber dejado ligeramente atrás esa suerte de patriotismo barato que nos pasmó en la película más conocida, Independence day, para acceder a un cine más adulto. Aun sin evitar que hablamos de una película de bandos bien definidos no encontraremos banderitas a cascoporro ni inflamados discursos patrióticos sino que la película prefiere adoptar una mirada más global para explorar el trabajo tanto en el frente propiamente dicho como detrás de la línea de combate, en especial de los servicios de inteligencia. Aunque por supuesto el enemigo japonés tiene mucha menos voz y voto que su homólogo estadounidense (y, quitando en la primera escena, ambientada en un banquete en el que participan soldados de ambos bandos años antes del conflicto, pecan en exceso de arrogancia, así como se ajustan al tópico del perfeccionismo y honorabilidad nipones), cediendo el protagonismo y por supuesto la victoria a un ejército en el que no hay tonos grises.
No es lo único que el nuevo trabajo de Emmerich ha dejado atrás. Huyendo de la exaltación de lazos familiares de sus anteriores trabajos en la línea (y es que las familias se prestan mucho al cine de catástrofes) Midway se mete directamente en harina, con un ritmo ágil en el que, aunque no cuesta adivinar material cortado (y eso que hablamos de una película de cerca de dos horas y media...aunque en la filmografía de su director no es de las largas), destacan las impecables escenas de combate aéreo. No renuncia a muchos de los tópicos del cine bélico, como ese personaje que coloca la foto de su familia y de paso se come un chicle cada vez que sube a su avión o aquel que en pleno fragor de la batalla se baja del coche, emite una exclamación horrorizado y vuelve a subir a su vehículo metiendo prisa, para más inri, al conductor, así como recursos algo manidos como ese final en el que nos cuenta el destino de los personajes reales con fundido a sepia de algunos fotogramas de la película. Pero logra un resultado entretenido y equilibrado acorde a una historia como la que desea contar.
Midway es una más que correcta cinta bélica, con buenas dosis de espectacularidad y un envoltorio de calidad, aunque lejos de esos clásicos del género al que nos ha acostumbrado la meca del cine. Una película que quizás no llegue a conquistar con las historias personales de sus personajes, movidos entre el deber y la enganza, pero plenamente recomendable para disfrutar de combates aéreos en todo su esplendor, un aspecto en el que la cinta consigue dar un altísimo do de pecho.
Todas las constantes que solemos identificar con el cine de Emmerich están aquí: un múltiple reparto, con nombres más conocidos como Woody Harrelson o Patrick Wilson y otros menos como Ed Skrein (aunque lo hemos podido ver en taquillazos como Deadpool), enfrentado a la amenaza nipona en el frente del Pacífico, con todos los aviones, acorazados y por supuesto explosiones que uno se pueda imaginar, añadiendo al cóctel de la batalla propiamente dicha el bombardeo de Pearl Harbor (pero no se asusten, poco o nada tienen que ver con la película homónima de Michael Bay).
Pero, en contra de lo que podríamos pensar al encontrarnos con esta cobinación de tema y director, el trabajo de Emmerich, un autor que sigue demostrando, nos gusten sus historias y no, su buen hacer combinando escenas de multitudes y elaborados efectos especiales, demuestra haber dejado ligeramente atrás esa suerte de patriotismo barato que nos pasmó en la película más conocida, Independence day, para acceder a un cine más adulto. Aun sin evitar que hablamos de una película de bandos bien definidos no encontraremos banderitas a cascoporro ni inflamados discursos patrióticos sino que la película prefiere adoptar una mirada más global para explorar el trabajo tanto en el frente propiamente dicho como detrás de la línea de combate, en especial de los servicios de inteligencia. Aunque por supuesto el enemigo japonés tiene mucha menos voz y voto que su homólogo estadounidense (y, quitando en la primera escena, ambientada en un banquete en el que participan soldados de ambos bandos años antes del conflicto, pecan en exceso de arrogancia, así como se ajustan al tópico del perfeccionismo y honorabilidad nipones), cediendo el protagonismo y por supuesto la victoria a un ejército en el que no hay tonos grises.
No es lo único que el nuevo trabajo de Emmerich ha dejado atrás. Huyendo de la exaltación de lazos familiares de sus anteriores trabajos en la línea (y es que las familias se prestan mucho al cine de catástrofes) Midway se mete directamente en harina, con un ritmo ágil en el que, aunque no cuesta adivinar material cortado (y eso que hablamos de una película de cerca de dos horas y media...aunque en la filmografía de su director no es de las largas), destacan las impecables escenas de combate aéreo. No renuncia a muchos de los tópicos del cine bélico, como ese personaje que coloca la foto de su familia y de paso se come un chicle cada vez que sube a su avión o aquel que en pleno fragor de la batalla se baja del coche, emite una exclamación horrorizado y vuelve a subir a su vehículo metiendo prisa, para más inri, al conductor, así como recursos algo manidos como ese final en el que nos cuenta el destino de los personajes reales con fundido a sepia de algunos fotogramas de la película. Pero logra un resultado entretenido y equilibrado acorde a una historia como la que desea contar.
Midway es una más que correcta cinta bélica, con buenas dosis de espectacularidad y un envoltorio de calidad, aunque lejos de esos clásicos del género al que nos ha acostumbrado la meca del cine. Una película que quizás no llegue a conquistar con las historias personales de sus personajes, movidos entre el deber y la enganza, pero plenamente recomendable para disfrutar de combates aéreos en todo su esplendor, un aspecto en el que la cinta consigue dar un altísimo do de pecho.
Midway llega a los cines españoles el 5 de diciembre.
viernes, 22 de noviembre de 2019
ARRÁSTRAME A ELIZONDO
Para aquellos que se quedaron con hambre, y tal vez algo desencatados, tras El guardián invisible, la nueva película protagonizada por la inspectora Amaia Salazar, Legado en los huesos, llega para sumergirnos en lo que se revela como auténtica saga, con una historia con muchos puntos en común con su predecesora pero que oculta más de un as en la manga.
Fruto lógico del boom de la trilogía del Baztán, libros que además de para películas han dado para una nueva entrega en forma de precuela, editada recientemente, así como para adaptación en cómic, Legado en los huesos es la continuación estricta de su primera parte, presentando a una protagonista que se enfrenta, tras finalizar su baja maternal, a un caso de profanación así como las consecuencias de otro que resolvió en el pasado pero que en realidad ocultan un asunto mucho más siniestro y que nuestra protagonista apenas empieza a adivinar.
Planteada como auténtico nudo de una historia que promete mucho más (sin arriesgarme a hacer spoilers diré que termina con un prometedor continuará) esta secuela, con menos lagunas que la película original (en la que intuíamos un trasfondo que probablemente conoceríamos mejor en las novelas), retoma a una protagonista de pasado turbulento que descubrirá nuevas claves de este a lo largo de la trama, un pasado con ecos sobrenaturales cercano al universo de la brujería que sabe beber del folklore y resultar convincente sin horadar en exceso (aunque sin dejarlo del todo de lado por supuesto) en esos ya populares psicópatas de elaboradas puestas en escena a los que nos ha acostumbrado el cine de Hollywood y producciones patrias recientes como El silencio de la ciudad blanca.
Pero ante todo nos encontramos ante una historia de misterios, de esos que aunque parecen varios acabarán apuntando en la misma dirección. El guión sabe administrar sus claves con buen ritmo, logrando una historia envolvente para cuyo disfrute no resulta imprescindible (aunque sea recomendable) haber visto la primera parte, aunque adivinamos no sea así de cara a una tercera que ya está rodada.
Sin arriesgarme a hablar de su fidelidad a un texto original que desconozco de primera mano Legado en los huesos supone una trama de misterio entretenida, con falsos sospechosos y revelaciones bien dosificadas así como un desenlace que aunque podría haber tenido mayor fuerza gracias a un recurso tan agradecido como la inundación que sufre el pueblo en el que discurre buena parte de la historia, consigue enganchar al espectador lo suficiente para desear conocer el final definitivo, gracias a una protagonista con carisma y unos villanos que pueden dar mucho juego.
Una película más que recomendable para los amantes de los misterios sangrientos con toque sobrenatural, una vertiente que ya ha conseguido convertirse en subgénero por méritos propios, y que aun sin ser una gran innovadora consigue regalarnos un par de horas entretenidas con una historia bien orquestada que supera a la primera parte y que deja en el tintero lo justo para que volvamos a por más.
Fruto lógico del boom de la trilogía del Baztán, libros que además de para películas han dado para una nueva entrega en forma de precuela, editada recientemente, así como para adaptación en cómic, Legado en los huesos es la continuación estricta de su primera parte, presentando a una protagonista que se enfrenta, tras finalizar su baja maternal, a un caso de profanación así como las consecuencias de otro que resolvió en el pasado pero que en realidad ocultan un asunto mucho más siniestro y que nuestra protagonista apenas empieza a adivinar.
Planteada como auténtico nudo de una historia que promete mucho más (sin arriesgarme a hacer spoilers diré que termina con un prometedor continuará) esta secuela, con menos lagunas que la película original (en la que intuíamos un trasfondo que probablemente conoceríamos mejor en las novelas), retoma a una protagonista de pasado turbulento que descubrirá nuevas claves de este a lo largo de la trama, un pasado con ecos sobrenaturales cercano al universo de la brujería que sabe beber del folklore y resultar convincente sin horadar en exceso (aunque sin dejarlo del todo de lado por supuesto) en esos ya populares psicópatas de elaboradas puestas en escena a los que nos ha acostumbrado el cine de Hollywood y producciones patrias recientes como El silencio de la ciudad blanca.
Pero ante todo nos encontramos ante una historia de misterios, de esos que aunque parecen varios acabarán apuntando en la misma dirección. El guión sabe administrar sus claves con buen ritmo, logrando una historia envolvente para cuyo disfrute no resulta imprescindible (aunque sea recomendable) haber visto la primera parte, aunque adivinamos no sea así de cara a una tercera que ya está rodada.
Sin arriesgarme a hablar de su fidelidad a un texto original que desconozco de primera mano Legado en los huesos supone una trama de misterio entretenida, con falsos sospechosos y revelaciones bien dosificadas así como un desenlace que aunque podría haber tenido mayor fuerza gracias a un recurso tan agradecido como la inundación que sufre el pueblo en el que discurre buena parte de la historia, consigue enganchar al espectador lo suficiente para desear conocer el final definitivo, gracias a una protagonista con carisma y unos villanos que pueden dar mucho juego.
Una película más que recomendable para los amantes de los misterios sangrientos con toque sobrenatural, una vertiente que ya ha conseguido convertirse en subgénero por méritos propios, y que aun sin ser una gran innovadora consigue regalarnos un par de horas entretenidas con una historia bien orquestada que supera a la primera parte y que deja en el tintero lo justo para que volvamos a por más.
Legado en los huesos llega a los cines el 5 de diciembre.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
EL ODIOSO UNO
No hace mucho se estrenó Sordo, una curiosa cinta que conseguía, con mayor o menor fortuna, trasladar el espíritu del western a la época de la Guerra Civil. Aunque en los años cuarenta la guerra como tal empezaba a quedar atrás parece que hay algo en la aridez de los campos y el clima de violencia latente que invita a pensar en el género cinematográfico norteamericano por antonomasia. Y es que es inevitable pensar en en ello al disfrutar de una película como Intemperie.
Basada en la novela homónima de Jesús Carrasco Intemperie es una particular road movie en la que un niño huye de la casa de el capataz, un poderoso terrateniente que le había adopatado, para encontrar una nueva vida en la ciudad. Lleno de recursos pero solo y vulnerable a las acciones de los adultos el niño tendrá la suerte de toparse con un rudo pastor que intentará ayudarle mientras su antiguo patrón les pisa los talones.
Tormentoso viaje iniciático en un mundo asolado por la sequía y en la que la amenaza puede ocultarse en cualquier esquina Intemperie podría ser fácilmente un western de manual o incluso una cinta de corte apocalíptico. Villanos de gatillo fácil y territorios comunes, como el pueblo de braceros del que parte nuestro protagonista o la estación de tren abandonada en la que se desarrolla el desenlace, son buenos punto de anclaje.
Pero este sería solamente el referente cómodo de una película que tiene mucho de fábula moral, con unos personajes que no tienen siquiera nombre, como mucho un apodo, y que constituye una inquietante reflexión sobre la bondad, aquella de los extraños de la que hablaba Blanche Dubois, y la maldad, esta encarnada por uno de los villanos más terribles que nos ha dado el cine más reciente. Un hombre que aunque en principio puede hacernos dudar con alguna pincelada de amabilidad (el episodio de la liebre) se revela rápidamente como un hombre sin corazón capaz de grandes bajezas morales y que oculta un secreto más terrible todavía.
Intemperie es una película que engancha gracias a unos personajes que rápidamente consiguen hacerse tanto con las simpatías como con las antipatías del espectador. Desde los personajes adultos, unos Luis Tosar y Luis Callejo que saben convertirse en unos atípicos pero poderosos ángel y demonio, al niño interpretado por el joven Jaime López que ya dió muestra de su buen trabajo en Techo y comida, sus actores consiguen con brillatez hacer real una historia tremendista de esas que conmueven al espectador y que eclosionará en un final digno del mejor western con tiroteo incluído en el que resulta fácil incluso dejarse llevar y advertir al héroe de la función de la presencia de un armado villano.
Benito Zambrano no es un lego en materias de historias de posguerra: La voz dormida es buen testimonio de ello. Y un trabajo como Intemperie es una prueba más de sus buenas formas. Una historia en la que la sombra de un pasado terrible no abandona el alma de sus personajes, pero en la que estos deciden si seguir dominados por lo que han dejado atrás.
Basada en la novela homónima de Jesús Carrasco Intemperie es una particular road movie en la que un niño huye de la casa de el capataz, un poderoso terrateniente que le había adopatado, para encontrar una nueva vida en la ciudad. Lleno de recursos pero solo y vulnerable a las acciones de los adultos el niño tendrá la suerte de toparse con un rudo pastor que intentará ayudarle mientras su antiguo patrón les pisa los talones.
Tormentoso viaje iniciático en un mundo asolado por la sequía y en la que la amenaza puede ocultarse en cualquier esquina Intemperie podría ser fácilmente un western de manual o incluso una cinta de corte apocalíptico. Villanos de gatillo fácil y territorios comunes, como el pueblo de braceros del que parte nuestro protagonista o la estación de tren abandonada en la que se desarrolla el desenlace, son buenos punto de anclaje.
Pero este sería solamente el referente cómodo de una película que tiene mucho de fábula moral, con unos personajes que no tienen siquiera nombre, como mucho un apodo, y que constituye una inquietante reflexión sobre la bondad, aquella de los extraños de la que hablaba Blanche Dubois, y la maldad, esta encarnada por uno de los villanos más terribles que nos ha dado el cine más reciente. Un hombre que aunque en principio puede hacernos dudar con alguna pincelada de amabilidad (el episodio de la liebre) se revela rápidamente como un hombre sin corazón capaz de grandes bajezas morales y que oculta un secreto más terrible todavía.
Intemperie es una película que engancha gracias a unos personajes que rápidamente consiguen hacerse tanto con las simpatías como con las antipatías del espectador. Desde los personajes adultos, unos Luis Tosar y Luis Callejo que saben convertirse en unos atípicos pero poderosos ángel y demonio, al niño interpretado por el joven Jaime López que ya dió muestra de su buen trabajo en Techo y comida, sus actores consiguen con brillatez hacer real una historia tremendista de esas que conmueven al espectador y que eclosionará en un final digno del mejor western con tiroteo incluído en el que resulta fácil incluso dejarse llevar y advertir al héroe de la función de la presencia de un armado villano.
Benito Zambrano no es un lego en materias de historias de posguerra: La voz dormida es buen testimonio de ello. Y un trabajo como Intemperie es una prueba más de sus buenas formas. Una historia en la que la sombra de un pasado terrible no abandona el alma de sus personajes, pero en la que estos deciden si seguir dominados por lo que han dejado atrás.
Intemperie llega a los cines el 22 de noviembre.
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