Wang Xiaoshuai, director de La bicicleta de Pekín, nos sumerge en un drama que abarca varias décadas, contando la historia de dos familias amigas que verán como su universo se trastoca por un terrible accidente. Auténtico mosaico que se mueve entre varios planos temporales la película va desenredando con calma una madeja que nos presenta tanto las consecuencias emocionales de este hecho como los antecedentes que hacen que el golpe sea todavía más terrible. Un viaje en el que las políticas tanto económicas como familiares impuestas por el gobierno chino van a ser esenciales a la hora de minar unas relaciones en las que las familias no lo son únicamente de sangre.
Un espejo de como China, al igual que sus personajes, va cambiando, aunque algunas cosas continuen igual (el plano de la estatua de Mao) filmado con mimo. Una puesta de escena sobria, en ocasiones con imágenes casi apagadas, en otras de una brillantez que se antoja artificial, parca en música extradiegética, pero que nos regala planos tan hermosos como el del desenlace en el balcón o el contraplano de la visita al cementerio, hacen de esta una película con un delicado apartado visual tan sutil como cuidado.
Un drama eficaz que no entiende de épocas ni fronteras a la hora de calar en el espectador, pero que pone rostro, aunque sea de ficción, a la tristemente célebre política del hijo único, con una historia que en su aparente sencillez consigue impresionar.
So long, my son llega a las pantallas españolas el 27 de septiembre.
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